Editorial
Valledupar, Colombia
Lunes, 3 de Diciembre de 2007
Rafael Oñate Rivero
Monseñor Salas, tan nuestro como el río Cesar
Rafael Oñate Rivero

“Le doy gracias a Dios por mostrarme el camino. Para mí es una alegría que mi vocación no haya sido por despecho, ni porque no tuve más nada que estudiar, ni porque no conseguí una novia. Definitivamente, mi vocación fue un llamado de Dios”

Monseñor Pablo Salas Anteliz

No podría definir de otra manera la emoción que nace en mí al tratar de garabatear unas letras y dimensionar la buena nueva de esta nominación que congrega el sentimiento alborozado y expresivo de la feligresía de la Diócesis de Valledupar, quienes acogen con beneplácito la exaltación de Monseñor Pablo Salas Antelíz al Colegio Episcopal, para ejercer su gobierno pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que le ha sido confiada por su Santidad el Papa, para el caso, la Diócesis de El Espinal, constituyéndose en fundamento visible de la unidad en la Iglesia particular.(LG 23).

En el barrio El Carmen, sector de la ‘Capital Mundial del Vallenato’, creció este párvulo de la conversión a quien desde muy pequeño sus conocidos de barriada acostumbraron a llamarlo, “El Chiche” Salas, apodo cariñoso al que el muchacho respondía con la misma bondad y naturalidad, como lo está haciendo ahora al responder a un llamado superior y asumir el deber de una misión evangelizadora, según el mandato que nos dejó Cristo de ir por todo el mundo a predicar el Evangelio de Dios.

El orgullo cesarense crece a medida que repasamos los pasos de nuestro admirado y estimado padre Pablo, un cofrade a toda prueba, consejero natural de sus hermanos en Cristo Jesús antes y después de llegar a la ordenación sacerdotal; recordada es la predilección manifiesta de los feligreses incondicionales a su ejercicio, ya que desde el comienzo denotaron en él a un maestro del mensaje en el terreno fértil de la gran tradición católica, destinado para ser obispo algún día, ofreciendo a un hijo de la “Tierra de Francisco el Hombre” la oportunidad de convertirse en un guardián de la palabra de Dios, para que de este modo quedara abonada a todos los fieles la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica.

Ese llamado de Dios fue formalizado por los valores espirituales innatos de un hombre elegido a partir de su nacimiento -en virtud a la sensibilidad religiosa de su señora madre Edilia María- a quien le reconoce todos los méritos, para aplicarse con entusiasmo al compromiso motivado de la empresa misionera ahora guiada por una estrella luminosa y la sabiduría que le procurará la oportunidad de responder a las legítimas exigencias de los tiempos, con la misma humildad, sencillez y sacrificio que experimentó desde el momento en que nació, en el ambiente sosegado del hogar formado por sus padres Edilia María Anteliz de Salas (q.e.p.d) y Melquíades Salas.

Colmado de alegría me despido con un verso vallenato a “Pie Forzao” de el padre Becerra, dando a entender la trascendencia del suceso a través de un canto a capella: “Ya no canta el gallo viejo como cantaba primero porque ya se lo llevaron a vivir a un espinalero. Soy, soy, soy tolimero”. ¿Rima o no rima?

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