Concluida la semana sobre la pasión y muerte de Jesucristo, vuelve la cotidianidad del país y del mundo, cuyos sucesos, por fuerza de la realidad prevaleciente, seguiremos consumiendo enlatados a través de los medios de ¡información! Por supuesto, con el sello de lo que éstos determinen es lo que debe llegar hasta los inermes tele-oyentes, que son ahitados hasta el cansancio con matrices de opinión en proceso de descomposición, algunas de las cuales, en lo que concierne a las relaciones con el Ecuador, ya iniciaron su curso.
Sobre mentiras y verdades a medias se ha construido este universo de cosas que ha hecho prisionero al hombre moderno de los intereses de unos pocos. La Semana Santa, por lo menos a quienes todavía se mantienen fieles a la usanza tradicional, siempre ha servido para escuchar a los jerarcas de la iglesia, unos más que otros, poniendo al desnudo el trasegar de esta sociedad extraviada en los deleites del pecado. Del pecado en todas sus formas y una de ellas es, precisamente, la mentira.
Así lo escuchamos en el sermón de las siete palabras. Lástima grande que las verdades de la iglesia y de los jerarcas que analizan los hechos desde una perspectiva dialéctica solo las escuchemos; precisamente a través de los medios difusores de “basura mediática”, en fecha como la celebrada, o conmemorada. Y como pocos acudimos a la iglesia durante una Semana Santa y otra, se puede creer que existe un silencio de aquella frente al discurrir del país o del mundo. O que la mayoría de sus máximos representantes guardan silencio o están de acuerdo con este estado de cosas. (Es lo que se deriva del aparente silencio del episcopado frente a los hechos que riñen con la ética y la moral, patrocinados desde el gobierno).
Por ello fue noticia internacional nuestro obispo, monseñor Oscar José Vélez Isaza, quien en pleno comienzo de la Semana Mayor nos reconfortó a muchos y trajo paz y tranquilidad a otros tantos en una histórica homilía en la que volvió a reivindicar el papel de la iglesia como mensajera y practicante del amor, la paz, la justicia y la verdad. Como el único lugar desde cuyo interior es posible encontrar el perdón divino y expresar el arrepentimiento ante el mal causado al hombre o a la naturaleza. Como el sitio al que no se puede omitir u olvidar y aún ignorar, creyendo que las leyes terrenales nos eximen de manera absoluta de las culpas y los pecados mortales cometidos; desconociendo que solo el Supremo Hacedor tiene la potestad para librarnos del castigo a que nos hemos hechos merecedores por incurrir en ellos. Sobre todo de los que aceptamos cometer influenciados por el egoísmo y la ambición de riqueza o de poder.
Monseñor Vélez nos ha puesto de presente que todavía es hora de ir a la comunión con Dios para clamar su perdón o invocar su piedad por lo ocurrido en nuestra ciudad y departamento durante el fragor, que todavía sigue sin cesar, de la violencia irracional desatada por los actores del conflicto, que privó a muchas familias y hogares de seres queridos. Que efectivamente hay quienes ante la ley, como sujetos materiales, están confesando su verdad, pero que solo el Redentor sabe y conoce la verdad verdadera. Y que la iglesia también espera a quienes por acción u omisión no solo renuncien a repetir la historia sino a confesar su propia culpa.
Así también queremos que ocurra entre los gobernantes de nuestros países, que en lugar de marchar hacia una verdadera integración, lo que develan los hechos, no los computadores con información amañada y perversa, es la repetición de la misma historia tras la victoria de Bolívar y del ejército libertador.
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