Editorial
Valledupar, Colombia
Martes, 13 de Mayo de 2008
Personaje del día
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José Luis Rodríguez Zapatero, Presidente del Gobierno de España, quien se distanció de la versión del Presidente de Ecuador, Rafael Correa, en cuanto a las causas de la crisis entre Colombia y Ecuador y el papel de las Farc en ella.

Vacunación de mascotas
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¡La cena del día de madres!
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Avances de la inversión extranjera

América Latina es cada vez más un imán para la inversión extranjera directa (IED), en parte como consecuencia de la desaceleración de la economía norteamericana, pero ante todo por el auge regional reciente. En el 2007 se superaron todos los récords de la IED, llegando a US $ 106.000 millones de dólares, de los cuales US $ 9.028 millones de dólares correspondieron a Colombia. Los renglones preferidos fueron el de servicios, el de recursos naturales y el manufacturero. Nuestro país ocupó el cuarto lugar en tal proceso, siendo superado por Brasil (34.585 millones de dólares), Méjico (23.230 millones) y Chile (14.457 millones). Según comentario de la CEPAL, “el aumento de la inversión fue impulsado sobre todo por la determinación de las trasnacionales de aprovechar el crecimiento de la demanda local de bienes y servicios, y por las empresas que buscan recursos naturales en un entorno de dinamismo de la demanda mundial”

Una pregunta surge inmediatamente ante este fenómeno: ¿Qué tan deseable es para nuestro país y para Latinoamérica el que ello ocurra? La respuesta habría que dividirla entre dos planos, supuestamente excluyentes, el pragmático y el de los valores tradicionales. Si nos referimos al primero, no cabe la menor duda de que es altamente conveniente el hecho de que capitales extranjeros entren a suplir las carencias de nuestra limitada capacidad de inversión y, por ende, posibiliten la ejecución de proyectos que de otra manera no pasarían de constituir ilusiones quiméricas.

Dicho fenómeno es una de las grandes ventajas de la globalización, pues de alguna manera la riqueza de algunos países o entes económicos estaría irradiando sus beneficios a naciones en proceso de desarrollo, propiciando con ello la mayor disponibilidad de bienes y servicios, la transferencia de tecnologías de punta, la generación de fuentes de trabajo y, por supuesto, un crecimiento de sus economías. Ante tales consideraciones es plausible el empeño del gobierno consistente en brindar las mejores condiciones a la inversión extranjera, para con ello lograr su atracción.

Sin embargo, no todo es de color rosa y no todo debe obedecer a los preceptos del pragmatismo. Ya en el plano de los valores que debe profesar cualquier nación que tenga en alto aprecio su dignidad y que aspire a ocupar posiciones de liderazgo, es necesario observar cierta cautela y valorar hasta qué punto se está sacrificando la autonomía nacional. ¿En todos los casos se necesitaba el capital extranjero? ¿En cuáles no era indispensable y se hubiera podido dar la oportunidad a lo nacional? ¿El monto de los giros al exterior es el más razonable? ¿El desarrollo nacional está favoreciendo desproporcionadamente a los inversionistas extranjeros? ¿Se está incrementando la brecha entre los ricos y los pobres?

No se trata de practicar un chauvinismo a ultranza, pero tampoco de hipotecar el futuro de la nación. Estímulos sí, pero sin desechar un sano nacionalismo.

Encomillables

El Presidente está en mora de decir si va o no con la reelección y cuál es su verdadera intención con la crisis que existe. Plinio Olano, senador de la República por el partido Cambio Radical, al responder la propuesta del Comisionado de Paz Luis Camilo Restrepo, de disolver los partidos políticos uribistas.

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Hagase oir

¿Por qué mataron a Gaitán?
Con su palabra acerada a fustigar a los corrompidos a los que han hecho de la cosa pública un acto pri­vilegiado, para su buen vivir sin importarles un bledo la suerte de los oprimidos. Tal vez la más valerosa que hasta ahora se haya escrito por el asesinato de que fue víctima el doctor Jorge Eliécer Gaitán, asesinato que más tarde o más temprano vengara el pueblo con su fallo justiciero. Por así decirlo, las lágrimas que se derraman sobre el pan­teón del hombre más grande que el pueblo de Colombia haya tenido, venerará con amor y sentimientos puros. Cómo es posible, que aquí mientras el infeliz se roba un pan por hambre lo castigue la justicia y en cam­bio los encopetados de cuello blanco se roban millones y millones de pesos, a esos premia la socie­dad y ante ellos la misma justicia se doblega. El juez deja vencer los términos de la investigación y el negocio prescribe y nada ha pasado. -m Luis Pinto Gómez

Mi soberbia y la de otros
Por algo la llamarán la madre de todos los pecados. La antítesis de la humildad. Pero a pesar de ser tan abominable no estamos exentos de que por momentos nos apabulle y nos haga aparecer como unos presumidos, falsos dueños de la verdad, esclavos del ego y farsantes ante los demás. Cuando nos veamos afectados por ella, la forma de rechazarla está en la recuperación y vigencia de los valores y en el reconocimiento tácito de las bondades que se originan en la práctica de la humildad. Siendo humildes alcanzaremos la cercanía de Dios. Es motivo de seria preocupación observar con cuanta facilidad los órganos de gobierno y los gobernantes son sujetos de esta grave enfermedad, la soberbia, por la cual aparecen como únicos poseedores de la verdad y la justicia. El desordenado apetito de su propia excelencia los conduce a sentirse prohombres irrepetibles. Con ello consiguen la sumisión de muchos que perdonando la soberbia, los ven poderosos, fuertes, e irremplazables. Qué bien les vendría una fuerte dosis de humildad. Las creencias y paradigmas, sumados a la soberbia, nos vuelven ciegos a las posibilidades que tiene la vida. También tenemos que luchar contra otras manifestaciones sutiles de la soberbia: el orgullo por la propia excelencia; la vanidad en nuestros criterios; la susceptibilidad enfermiza de sentirnos ofendidos frente a los criterios, palabras o acciones del otro. Todo ello porque no sabemos ser humildes. Pidámosle al Maestro de la humildad, que arranque de nuestros corazones las raíces de la soberbia - Reynaldo Rodríguez Rosillo

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