Editorial
Valledupar, Colombia
Miercoles, 20 de Enero de 2010
Pedro Perales
Un ser humano íntegro
Pedro Perales

Al doctor Rubén Darío González Redondo lo conocí en Barranquilla en la segunda mitad de la década del setenta. Ambos procedíamos de Valledupar y fuimos admitidos, en años diferentes, en la que fue nuestra casa de estudios profesionales: la Universidad del Atlántico; él en Derecho y yo en Arquitectura. Llegó al selecto grupo de mis grandes amigos a través del doctor Juan Fragoso Campo, con quien había compartido habitación en una macondiana casa colonial del barrio Boston. Juan, hoy abogado, y brillante fiscal regional de Cundinamarca, al igual que otros compañeros habíamos partido en desbandada de ese caserón, que fue nuestro lugar de habitación por cerca de dos años, debido a desavenencias con el propietario. Todos salimos a vivir en lugares diferentes, pero siempre por los alrededores de la universidad, y este otro gran amigo fue a parar en la casa de “Doña Fedora”, en donde vivía, y vivió siempre Rubén, que ya se había conocido en las aulas de la UDEA con Fragoso.

En la casa de la señora Fedora, de la que nunca supe su apellido, situada en la calle 49, entre las carreras 38 y 42, visitando al doctor Fragoso, conocí a Rubén Darío. Y desde el primer día que nos estrechamos las manos en señal de conocimiento fraguamos una amistad que, en principio, nos sirvió de excusa para realizar diferentes actividades, incluyendo las idas a cine los fines de semana. Y se acrecentó cuando, aprovechando el espacio dejado por un inquilino guajiro en la pieza intermedia de la bonita quinta de “doña Fedora”, logré el propósito de volver a compartir pieza con Juan y, ahora, con Rubén. Así tuve conciencia del gran ser humano que era y fue este amigo que ha perecido de manera inmerecida. De sus principios verticales, de su responsabilidad académica, de la laboriosidad en el cuido de su personalidad.

Cerca de un año o más compartimos habitación, pues tanto él como Juan se vinieron a Valledupar a estudiar sus preparatorios para graduarse de abogados. Por eso hoy, cuando ya no estará más, físicamente, entre nosotros, vienen a mi memoria sus gracejos, sus chistes sesudos, su visión política y aquellas vespertinas y noches de luna llena, cuando desde la terraza de la casa de “doña Fedora” nos dedicábamos a piropear a las mujeres que transitaban por allí y a extasiarnos observando a una vecina, “con una belleza como de mentira”, que salía a la terraza de su casa a exhibirse ante nosotros.

Lástima que la muerte de Rubén sea la consecuencia de una acción criminal contra él. Y lástima más grande que sus victimarios hoy gocen de impunidad.

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