Editorial
Valledupar, Colombia
Miercoles, 20 de Enero de 2010
Antonio María Araujo Calderón
El Capo
Antonio María Araujo Calderón
amaraujo3@hotmail.com

Buscando en mi mente un tema para escribir que no tuviera que ver con mi actual vinculación laboral, con la política regional ni con las personas que sin justa causa decidieron hacerme daño, en la soledad de una habitación de hotel de la capital que cada vez es menos fría, con un televisor como único compañero, me pareció que debía hablar sobre una serie de televisión que ha causado en el país todo tipo de comentarios y análisis: El Capo.

Al contrario de lo que algunos opinan, El Capo no es una apología al crimen ni la narcotización de nuestra televisión; todo lo contrario, es una fábula de la que la sociedad debe sacar la moraleja de que ‘el fin no justifica los medios’ y que al final la vida misma nos da a cada cual lo que nos pertenece, de acuerdo a la manera como hemos luchado. En el afán de acumular riquezas, imponer ejemplarizantes muestras de poder y burlar el brazo castigador de la justicia, el personaje recibe los más duros golpes de su vida, en los que se da cuenta que todo por lo que había peleado, realmente no le sirve para nada.

De esta manera pierde a su hijo, a su hermano, a su madre y a las mujeres que significaron para él su más preciado tesoro; el agonizante compañero sentenció que el castigo del ‘narco’ iba a ser la separación de la abnegada esposa, que a pesar de protestar ante actos censurables socialmente, siempre guardó su puesto de compañera aceptando su realidad; también lo sería la lejanía de la amante periodista, quien era leal en las dificultades pero implacable cuando se trataba de juzgarlo y que en una turbulencia de sentimientos en los que el odio y el amor inspiraban aleatoriamente las manifestaciones de afecto, significaba el elixir de vida, el motivo renovador por el que se atreviera a enfrentar el mundo, además de ser su talón de Aquiles; igual con ‘La Perrys’, quien derrotó su inclinación sexual entregándose a un hombre en una única vez, imbuida por el amor nacido de la admiración al ser humano, que para ella personificaba el equivocado camino de reacciones violentas, resentimiento social y disposición a hacer daño, que algunas personas asumen como comisión de vida, luego de sufrir agresiones en el pasado, cambiando su rol de víctimas a victimarios.

En la serie, el Capo debe terminar mal, de hecho ya está sufriendo los rigores de sus equivocaciones; en la vida, los que se creen listos, los que desprecian los escrúpulos en procura de fines non sanctos, inexorablemente estarán condenados a que la vida les cambie los efímeros logros por perdurables condenas en las que les faltará, precisamente lo que anhelaron cuando se apartaron del recato moral.

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