Además de la tensa situación entre las potencias occidentales, principalmente los Estados Unidos y la Unión Europea, e Irán, la región del Medio Oriente está presentando fuertes convulsiones que se proyectan al escenario internacional debido al terrible conflicto interno en Siria. A diferencia de lo sucedido en Libia, en Túnez y en Egipto, los intentos de los rebeldes sirios no han progresado en su objetivo de tumbar al régimen autocrático del presidente Bashar Al Assad. Dos hechos han impedido que la revolución avance en Siria y, así como ocurrió en el norte de África, se consiga la abdicación de la familia Al Assad, radicada en el poder de Damasco, capital de este país, desde hace más de 30 años. En primer lugar, la contundente decisión de Bashar Al Assad de reprimir violentamente cualquier tipo de revuelta que amenace el orden público impuesto por su gobierno, ha llevado a que las fuerzas armadas de Siria atenten de manera indiscriminada contra la población civil. Y en segundo lugar, tanto los europeos como los norteamericanos han tomado la decisión de no intervenir militarmente en ese país, a pesar de que varios sectores de la comunidad internacional les han criticado por su contundencia para derrocar a Gadaffi, mientras con Siria han mantenido una posición pasiva, incluso ante las evidentes violaciones a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario.
El escenario internacional y el equilibrio de poderes alrededor de la situación en Siria es muy diferente al de los otros casos de la Primavera Árabe. Rusia y China, las potencias emergentes de Asia, han salido a oponerse férreamente a las sanciones impuestas por los Estados Unidos y por la Unión Europea a Siria. Sin embargo, han ido más allá al afirmar que vetarán cualquier resolución del Consejo de Seguridad que condene o que decida algo respecto de una intervención armada de las fuerzas de Naciones Unidas o de la OTAN; ante lo cual, las potencias occidentales quedan de manos atadas, pues sin importar qué tan lamentable sea este conflicto interno, ninguna encuentra motivo suficiente para pasar por encima de una resolución negativa del Consejo de Seguridad. Este juego de poderes hace que el mandato de la ONU sobre la protección de los derechos humanos, de la libre autodeterminación de los pueblos y de la paz mundial, caiga en el ridículo. Su inoperancia ante esta situación lleva a pensar que, dependiendo de la situación, el accionar de un Consejo de Seguridad, día tras día más criticado, atiende a la necesidad de las potencias que lo gobiernan y no a las demandas legítimas de los pueblos del mundo. Habrá que esperar a ver cuántos muertos más se necesitan, para saber si los valores democráticos pueden triunfar sobre la tiranía.